viernes, 23 de mayo de 2008

Revolución de Mayo


Mariano épico

A la memoria de Mariano Moreno,
el gran revolucionario Argentino.



Abrazo el polvo,
abrazo el aire.
Me abraza.
Hay una cadencia,
un ritmo descompasado
Apenas un batir de alas
en la espesura de la noche
Casi imperceptible,
como ésta muerte.
Un océano inmenso
me recibe
y su abrazo es helado
Eterno…


Apenas puedo pensar. Cuántas cosas ocurrieron en poco tiempo. La incipiente revolución que no deja de ser algo utópico. Queremos creer que existió, cuando sólo fue un intento, una simulada emancipación por los caminos de la falsa libertad, una simple ilusión.
Estoy angustiado, como si no hubiera salida para éste tormento y una mano impiadosa quisiera aplastarme; la mano de los inmorales, de los vende patria.
¡El dolor es tan profundo! escucho el rumor del pueblo, de los caídos, que son caricias de aliento para seguir luchando, mientras las dagas filosas de los traidores atraviesan la carne.
Hay en ese clamor un estigma, un duelo eterno. Pero no voy a flaquear, los barreré como el viento a las hojas después de una gran tormenta. Limpiaré las calles de mi pueblo de toda la basura extranjera que ponga en peligro nuestra libertad.
El mar es tan inmenso, divide al mundo en pequeños mundos…lo cruzo, lo penetro, es una amante endemoniada a veces, mansa otras, pero le temo, porque me llama…
El sopor me lleva al sueño. La onírica batalla me busca. Allí es siempre de día; los caballos sacuden sus crines enmarañadas, relinchan de ansiedad ante el fragor de lo que se avecina. Nunca la lucha es en vano, ni siquiera la muerte. En éste tiempo salvaje el cuerpo no vale nada, sólo las ideas.
De lejos se siente algo. Un movimiento casi imperceptible, pero que se puede oler. Es el miedo. Un roce leve de animal asustado que intenta esconderse.
La punzada en el vientre se asemeja al deseo ¿es que todas las pasiones explotan así? Golpean las tripas, se meten en la sangre, enloquecen al corazón…
Ahora los caballos están alertas, las orejas paradas como perros cazadores, hasta el pelo se desenmaraña por la tensión…nadie respira. Sólo se siente el corazón golpeando contra los límites de los huesos, ni un ave vuela, parece un cuadro, burdo y decadente, ¿dónde está el enemigo? ¿Dónde? ¿Acaso es invisible?

El sueño se repite una y otra vez. Mi cuerpo va perdiendo las fuerzas en esa batalla, pero mi corazón tiene la voluntad de miles de ejércitos. Me están matando, lo sé. Pero sólo es el cuerpo que no quiere responder, hay algo que nunca fenece, y ese algo latirá siempre entre aquellos que quieran y defiendan la verdad y la libertad.
Ya no importa si el mar me traga, ni siquiera las hermosas palabras póstumas que pretenden hacerme un grande entre los grandes. Soy un hombre, simplemente un hombre, y lo único que me doblega es la pasión…ni siquiera la muerte.



Mariano Moreno, Abogado, periodista y político argentino, tuvo un rol decisivo en la Revolución de Mayo. Dedicó varios años a traducir la obra de Rousseau, principalmente su Contrato social, pero sólo la editó en 1810 en La Gaceta, con un prólogo de su autoría en que se lee:
"Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía."


Fue envenenado y arrojado al mar.

viernes, 9 de mayo de 2008

Seddon...(otro capítulo)


Seddon…
Hace días que la búsqueda se volvió obsesiva. Después de ese extraño encuentro en “La Paz” las cosas volvieron a cambiar, quizás de manera imperceptible para cualquiera; pero no para mí, que me hallaba conectada a vos más allá de Internet.
Primero la incipiente metamorfosis, luego esa huida inexplicable.
Una de esas tantas noches en que recorría los bares del bajo, chocándome con borrachos y drogadictos, esquivando sus manos sucias y vomitadas, tapándome los oídos para no escuchar sus insultos aberrantes; me pareció verte fugazmente, no a vos; era ese sobretodo anticuado y arrugado que siempre usas y que te da ese aspecto teatral de personaje absurdo de miniserie de terror.
Seguí al sobretodo por esas calles mal iluminadas. Todo fue inútil, simplemente desapareció. Entonces volví sobre mis pasos y caminé unas cuadras por esas calles dónde ni el diablo se animaría a andar.
Que curioso es todo, porque no te seguía a vos. El sobretodo había tomado vida, se te había hecho carne.
Yo seguía un sobretodo raído y manchado que vagaba por las calles mal iluminadas de San Telmo, y que se perdía en un patio de conventillo abandonado. Vos estabas. Sentí inmediatamente tu presencia, como si te respirara en ese aire espeso y contaminado. No sé si la escuché o la imaginé; tu risa ahogada y burlona. Estabas, fue durante unos segundos que vi el brillo de tus dientes increíblemente blancos reluciendo en la oscuridad del pasillo. Hasta escuché retumbar en mi cabeza: “joer preciosidad, siempre tan hermosa” “Mi paloma triste…que triste estás”
Ahora sonaba bien porteño. Esa ambigüedad en la forma de hablar es otro de los misterios que te rodean Marcos, mi adorado Marcos, sos una sombra que se atraviesa en mi vida, que me cubre y se aleja; que me huele y me roza, como un gato en la oscuridad.

De todas maneras escapé. Quizás es lo mejor que se hacer.
Desde que el temblor no me permite dibujar, solo me dedico a estudiarte, y analizar esas pequeñas obsesiones que se asocian al deseo de tenerte como cualquier mujer a su hombre, como una hembra al macho.

Volví hacia “El Seddon” atraída por la melodiosa voz de una cantante de jazz, pedí una bebida fuerte y me quedé ahí.
Otra vez era una paloma triste desolada, escuchando llorar las notas de una canción imposible, haciéndome siempre las mismas preguntas absurdas; sin poder vencer esa languidez mental que no me dejaba pensar objetivamente, bebiendo un trago tras otro, enajenada: When I look in your eyes,… tus ojos, decía la voz llorona de la cantante ¿qué veo en ellos? me pregunto. Y entonces me pareció verte en las caras de otra gente. Un mosaico de caras, tu cara Marcos, tus ojos verdes inyectados de sangre, de noches interminables de insomnio y locura. Tus ojos apasionados penetrando mi piel, estremeciéndome; mientras me observabas desde un rincón y tu lengua lamía una y otra vez tu boca seca, sedienta, con esa expresión de deseo. Como si yo fuera algo imposible de alcanzar. Alguien a quien no se puede tocar.
Se que quise abarcarte con mis brazos, pero terminé en una salita de primeros auxilios con la nariz fracturada. Lo único que recuerdo fue el llanto. No podía parar Marcos, es como si nunca hubiese llorado. Fue tal el llanto, que la enfermera se me acercó para consolarme, y me dijo “no te preocupes, Marcos estuvo todo el tiempo que duró tu desmayo” y agregó “le prometí no hablar, pero no puedo cumplir”
Cuando reaccioné y dejé de tragar mis lágrimas, quise preguntarle, pero ya no estaba en el lugar.
Imagen, Bar Seddon en San Telmo.

Un diamante negro