viernes, 26 de octubre de 2007

La realidad y la utopía

Este relato pertenece a mi amigo español "Amado Storni", escritor, poeta, cantante y autor; por lo tanto un verdadero soñador.




SALIÓ corriendo la Utopía huyendo de la Realidad. Sus pasos parecían firmes y seguros pero su huída era una huída desesperada y sin control. A cada paso que daba la Utopía la Realidad daba dos más. En su afán de no ser alcanzada la Utopía buscó ayuda. Fue así como se encontró con un banquero, pero éste, preocupado por la bolsa y las divisas, interesado de interés y capital, ni siquiera la escuchó. En su atropellado caminar la Utopía se encontró con un clérigo que al principio puso interés en escucharla. Parecían hablar el mismo idioma aunque a veces no se entendían. Y es que la vida espiritual de la que hablaba el sacerdote no era la misma que la de la Utopía. Su vida era una vida que después de la vida se construía con los cimientos de una fe en la que ni el mismo clérigo creía. La Utopía siguió huyendo y fue entonces cuando se encontró con un político al que la Utopía reconoció enseguida. Ambos, en un tiempo pasado no muy lejano, habían caminado juntos y cogidos de la mano. Pero terminada la campaña electoral y cuando aquél consiguió el status que buscaba, la Utopía volvió a quedarse sola. Y el político, creíble y diplomático, le dio la espalda. La Utopía también se encontró con un hombre. Un hombre que fue adolescente. Un adolescente que fue niño. Y ese hombre al que la Utopía ilusionó de niño y también de adolescente, ni siquiera la saludó porque no la conocía. Al tiempo de ser alcanzada por la Realidad la Utopía se encontró con un poeta, atropellado de versos e indómito de sueños incurables. El poeta parecía distante, pero cuando la Utopía se detuvo a hablar con él éste la escuchó. Ambos se entendieron y se saludaron porque ambos se reconocían. Y vio la Utopía que con el poeta se sentía segura. Al oir llegar a la Realidad la Utopía se escondió. Se detuvo la Realidad ante el poeta y le preguntó si había visto pasar a la Utopía. Pero ni el poeta entendía a la Realidad ni la Realidad se entendía con el poeta porque a lo que la Realidad llamaba Utopía era la realidad del poeta. Y cansada de ese mal entendimiento la Realidad se tuvo que marchar. Fue entonces cuando la Utopía se metió en el cuerpo del poeta porque sintió que ese era su verdadero hogar. Es por eso que los poetas saben tanto de sueños y los sueños se llevan tan bien con los poetas.

jueves, 11 de octubre de 2007

Epitafio




“…pienso en tu cabello que estalla
en mi almohada, y estoy que no
puedo dar otra batalla…”
S. R.


Siempre me atrajeron los acantilados. Desde chico me gustaba arrimarme hasta el límite; jugar con el miedo.
Una mezcla ambigua de temor y curiosidad me llevaban una y mil veces hasta el borde del precipicio, mientras el cuerpo se agitaba y luchaba por permanecer en el lugar. Jugar con la idea de arrojarse y tal vez remontar un vuelo sin alas. Ilógico.
Ver el mar, sentir la brisa, el viento helado durante la madrugada. Las gaviotas picoteando. Volando, planeando, rozando apenas la arena húmeda.
Vivir en el límite de mis verdades me llevó hasta donde ahora estoy; por esa maldita costumbre de querer sentir la adrenalina de la rebeldía, como una forma de vida que no se puede sostener.
Hoy no estás. Ni siquiera sé por donde buscarte. Los caminos sinuosos nos marcaron distintos destinos. Las ideas utópicas nos devoraron el futuro, la longevidad, los proyectos.
Todavía no entiendo. No existe un manual que nos enseñe a vivir el dolor de la incertidumbre y que borre las ampollas de mis pies.
Hasta acá llegué, no se por donde seguir, me faltan fuerzas. El amarte y no tenerte me quita cualquier posibilidad de razonamiento, ni siquiera puedo retener el concepto primitivo de la supervivencia. El derecho de amar, de vivir, de luchar.
Voy de aquí para allá. Olfateando el aire, buscando tu esencia, devorando las calles a fuerza de desearte. Queriendo encontrar señales, presagios del futuro; algo que me indique por donde seguir. Ver tu rostro, sentir tus manos mientras me acaricia el viento, creer que sos vos desde algún lugar.
Hay una vida fuera de esta, que ya no retengo, como no puedo conseguir que la arena seca se quede en mis manos, cuando el viento me azota.
Puedo escuchar dentro de mi cabeza el grujir de sus botas, su repiqueteo acompasado. Como un látigo impiadoso. Esa madrugada. Por ese pasillo gris.
Testigos; el silencio, la incertidumbre, la cobardía, el miedo, la impunidad. Las cuatro paredes blancas de tu cuarto.
Imagino tu orgullo, elevándose como una bandera; parada, entera, enfrentando al demonio. Sabiendo que perderás todo, menos la dignidad que cultivaste en tantos años de lucha.
Por momentos me agita la pequeña esperanza de encontrarte, entonces trato y trato de retener esa ilusión para poder seguir, pero se desvanece; porque surge de mi necesidad, porque hasta un condenado a muerte puede pedir su última voluntad. Pero a mí me condenan otras cosas; tu ausencia, los hombres sin rostro.
Y no hay deseo poderoso, entrañable, que pueda devolverte.
Desde aquí se vuelve todo lejano. Una historia que les pertenece a otros.
El dolor es tan lacerante que se respira, se vuelve cotidiano, forma parte de esta nada que me envuelve. Es el momento en que se tiene la certeza de que ya no hay nada más. Nada por vivir. Nada por descubrir. El día zeta de nuestra existencia. El más oscuro y solitario.
Voy a volar. Y tal vez, sólo tal vez, te encuentre.

Un diamante negro