viernes, 18 de enero de 2008

No matarás...


La Providencia es causa de que, algunas veces,
el mismo hombre reaparezca en siglos diferentes.
BALZAC, Cartas.


No matarás…

Todos los días repetía la misma rutina. Se levantaba al amanecer, se lavaba con pulcritud excesiva el cuerpo, los dientes. Se tomaba el tiempo suficiente para que la ropa quedara perfecta, sin la mínima arruga; las botas lustradas, de manera que podía verse en el reflejo de ese brillo. Las uñas recortadas y prolijas. La pose altiva y la mirada fuerte, penetrante.
Lo habían entrenado para convertirlo en eso que era, alguien en quién él no se detenía mucho a pensar. Un autómata frío y despiadado. Pero algo había cambiado, y eso lo desestabilizaba.
A las siete en punto lo pasaban a buscar. Entraba a la sala vetusta y sombría, con un nudo en el estómago, y la sensación de una mano gigante que le aplastaba el pecho hasta dejarlo sin aire. Muchas de esas veces tuvo que boquear como un pez fuera del agua, tratando de disimular frente a los demás para que no percibieran su flaqueza. Antes morir, pensó. El fracaso era para los débiles, y ese lujo no se lo podía permitir.
Esa extraña opresión se iba agudizando con el correr de los días, hasta hacerle perder de a poco el deseo. Ese deseo animal que lo mantenía entero frente a su presa; frío, sin que nada lo conmoviera. Ese era su oficio.

Se dirigió hasta el cubil dónde estaba. Ella también sintió su presencia y sonrió de esa rara manera que no se podía definir, mezcla de alegría y tristeza, de dolor y gozo, de amor y odio.
Él vio su ropa sucia y desgarrada. La palidez de la piel. Sus pies descalzos, sin yemas. Sintió una punzada en el pecho, un abismo en el cual deseó caer. Para no hacer lo que debía hacer.
Se acercó despacio. Ella olfateó su olor a loción para después de afeitar y se estremeció. Él le tomó las manos y sus piernas flaquearon. Una tímida sonrisa le dibujó la cara redonda de luna llena. La besó con suavidad en los labios y acarició su pelo. Apretó fuertemente los dientes, hasta sentir dolor. Gatilló.
Ella, lo último que sintió fue el frío del acero en la frente.
Él, que empezaba a vivir su propia muerte.

Un diamante negro