viernes, 23 de mayo de 2008

Revolución de Mayo


Mariano épico

A la memoria de Mariano Moreno,
el gran revolucionario Argentino.



Abrazo el polvo,
abrazo el aire.
Me abraza.
Hay una cadencia,
un ritmo descompasado
Apenas un batir de alas
en la espesura de la noche
Casi imperceptible,
como ésta muerte.
Un océano inmenso
me recibe
y su abrazo es helado
Eterno…


Apenas puedo pensar. Cuántas cosas ocurrieron en poco tiempo. La incipiente revolución que no deja de ser algo utópico. Queremos creer que existió, cuando sólo fue un intento, una simulada emancipación por los caminos de la falsa libertad, una simple ilusión.
Estoy angustiado, como si no hubiera salida para éste tormento y una mano impiadosa quisiera aplastarme; la mano de los inmorales, de los vende patria.
¡El dolor es tan profundo! escucho el rumor del pueblo, de los caídos, que son caricias de aliento para seguir luchando, mientras las dagas filosas de los traidores atraviesan la carne.
Hay en ese clamor un estigma, un duelo eterno. Pero no voy a flaquear, los barreré como el viento a las hojas después de una gran tormenta. Limpiaré las calles de mi pueblo de toda la basura extranjera que ponga en peligro nuestra libertad.
El mar es tan inmenso, divide al mundo en pequeños mundos…lo cruzo, lo penetro, es una amante endemoniada a veces, mansa otras, pero le temo, porque me llama…
El sopor me lleva al sueño. La onírica batalla me busca. Allí es siempre de día; los caballos sacuden sus crines enmarañadas, relinchan de ansiedad ante el fragor de lo que se avecina. Nunca la lucha es en vano, ni siquiera la muerte. En éste tiempo salvaje el cuerpo no vale nada, sólo las ideas.
De lejos se siente algo. Un movimiento casi imperceptible, pero que se puede oler. Es el miedo. Un roce leve de animal asustado que intenta esconderse.
La punzada en el vientre se asemeja al deseo ¿es que todas las pasiones explotan así? Golpean las tripas, se meten en la sangre, enloquecen al corazón…
Ahora los caballos están alertas, las orejas paradas como perros cazadores, hasta el pelo se desenmaraña por la tensión…nadie respira. Sólo se siente el corazón golpeando contra los límites de los huesos, ni un ave vuela, parece un cuadro, burdo y decadente, ¿dónde está el enemigo? ¿Dónde? ¿Acaso es invisible?

El sueño se repite una y otra vez. Mi cuerpo va perdiendo las fuerzas en esa batalla, pero mi corazón tiene la voluntad de miles de ejércitos. Me están matando, lo sé. Pero sólo es el cuerpo que no quiere responder, hay algo que nunca fenece, y ese algo latirá siempre entre aquellos que quieran y defiendan la verdad y la libertad.
Ya no importa si el mar me traga, ni siquiera las hermosas palabras póstumas que pretenden hacerme un grande entre los grandes. Soy un hombre, simplemente un hombre, y lo único que me doblega es la pasión…ni siquiera la muerte.



Mariano Moreno, Abogado, periodista y político argentino, tuvo un rol decisivo en la Revolución de Mayo. Dedicó varios años a traducir la obra de Rousseau, principalmente su Contrato social, pero sólo la editó en 1810 en La Gaceta, con un prólogo de su autoría en que se lee:
"Si los pueblos no se ilustran, si no se vulgarizan sus derechos, si cada hombre no conoce lo que vale lo que puede y lo que se le debe, nuevas ilusiones sucederán a las antiguas, y después de vacilar algún tiempo entre mil incertidumbres, será tal vez nuestra suerte mudar de tiranos sin destruir la tiranía."


Fue envenenado y arrojado al mar.

viernes, 9 de mayo de 2008

Seddon...(otro capítulo)


Seddon…
Hace días que la búsqueda se volvió obsesiva. Después de ese extraño encuentro en “La Paz” las cosas volvieron a cambiar, quizás de manera imperceptible para cualquiera; pero no para mí, que me hallaba conectada a vos más allá de Internet.
Primero la incipiente metamorfosis, luego esa huida inexplicable.
Una de esas tantas noches en que recorría los bares del bajo, chocándome con borrachos y drogadictos, esquivando sus manos sucias y vomitadas, tapándome los oídos para no escuchar sus insultos aberrantes; me pareció verte fugazmente, no a vos; era ese sobretodo anticuado y arrugado que siempre usas y que te da ese aspecto teatral de personaje absurdo de miniserie de terror.
Seguí al sobretodo por esas calles mal iluminadas. Todo fue inútil, simplemente desapareció. Entonces volví sobre mis pasos y caminé unas cuadras por esas calles dónde ni el diablo se animaría a andar.
Que curioso es todo, porque no te seguía a vos. El sobretodo había tomado vida, se te había hecho carne.
Yo seguía un sobretodo raído y manchado que vagaba por las calles mal iluminadas de San Telmo, y que se perdía en un patio de conventillo abandonado. Vos estabas. Sentí inmediatamente tu presencia, como si te respirara en ese aire espeso y contaminado. No sé si la escuché o la imaginé; tu risa ahogada y burlona. Estabas, fue durante unos segundos que vi el brillo de tus dientes increíblemente blancos reluciendo en la oscuridad del pasillo. Hasta escuché retumbar en mi cabeza: “joer preciosidad, siempre tan hermosa” “Mi paloma triste…que triste estás”
Ahora sonaba bien porteño. Esa ambigüedad en la forma de hablar es otro de los misterios que te rodean Marcos, mi adorado Marcos, sos una sombra que se atraviesa en mi vida, que me cubre y se aleja; que me huele y me roza, como un gato en la oscuridad.

De todas maneras escapé. Quizás es lo mejor que se hacer.
Desde que el temblor no me permite dibujar, solo me dedico a estudiarte, y analizar esas pequeñas obsesiones que se asocian al deseo de tenerte como cualquier mujer a su hombre, como una hembra al macho.

Volví hacia “El Seddon” atraída por la melodiosa voz de una cantante de jazz, pedí una bebida fuerte y me quedé ahí.
Otra vez era una paloma triste desolada, escuchando llorar las notas de una canción imposible, haciéndome siempre las mismas preguntas absurdas; sin poder vencer esa languidez mental que no me dejaba pensar objetivamente, bebiendo un trago tras otro, enajenada: When I look in your eyes,… tus ojos, decía la voz llorona de la cantante ¿qué veo en ellos? me pregunto. Y entonces me pareció verte en las caras de otra gente. Un mosaico de caras, tu cara Marcos, tus ojos verdes inyectados de sangre, de noches interminables de insomnio y locura. Tus ojos apasionados penetrando mi piel, estremeciéndome; mientras me observabas desde un rincón y tu lengua lamía una y otra vez tu boca seca, sedienta, con esa expresión de deseo. Como si yo fuera algo imposible de alcanzar. Alguien a quien no se puede tocar.
Se que quise abarcarte con mis brazos, pero terminé en una salita de primeros auxilios con la nariz fracturada. Lo único que recuerdo fue el llanto. No podía parar Marcos, es como si nunca hubiese llorado. Fue tal el llanto, que la enfermera se me acercó para consolarme, y me dijo “no te preocupes, Marcos estuvo todo el tiempo que duró tu desmayo” y agregó “le prometí no hablar, pero no puedo cumplir”
Cuando reaccioné y dejé de tragar mis lágrimas, quise preguntarle, pero ya no estaba en el lugar.
Imagen, Bar Seddon en San Telmo.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Tentáculos en el subterráneo…(otro capítulo)



Fui directo al subterráneo, evitando otros medios que me mantuvieran más tiempo alejada del monitor de la computadora.
Siempre me dio algo de miedo viajar bajo tierra, sabiendo que millones de vehículos circulaban por sobre mi cabeza, y que podrían, tal vez, desplomarse encima.
Estaba perdida en pensamientos fóbicos, típicos de una personalidad trastornada como la mía, cuando escuché sus pasos detrás de mí, pero no volteé a espiar. Sabía que era él.
Casi podía sentir su respiración, igual que en otras oportunidades sin equivocarme; presintiendo su proximidad, su aliento cerca de mi cuello. Quemándome con su fuego.
Seguí a paso regular. Me metí entre la maraña compacta de gente con la idea de perderlo.
La misma caterva inhumana me llevó hacia el interior del subte. Quedé allí, inmóvil, tratando de soportar los primeros minutos hasta la próxima estación.
La gente se fue acomodando un poco y quedamos menos apretados. Conseguí poner mi brazo libre al costado del cuerpo y relajar las piernas, cuando una mano me rozó la cintura. Entonces mi cuerpo se estremeció y confirmé que era él; Marcos, respirándome en la nuca, rozándome.
Quede paralizada; por un lado quería escapar, alejarme y no pensar. Pero mis pies no respondían. Me tenían sujeta en ese espacio mínimo y con Marcos detrás; provocando el hormigueo que comenzaba a recorrerme como un veneno cada centímetro del cuerpo. Podía sentir las vibraciones de su piel, su calor, su leve agitación.
Casi no respiraba de tanto desearlo; y como si él pudiera leer mi mente, mis más íntimos pensamientos; acarició suavemente mi cintura y de a poco fue bajando la mano hacia mis nalgas apretadas, que se fueron relajando, mientras mi piel se incendiaba bajo el contacto de esos dedos que me recorrían indiscretos. Se apretó más a mi espalda y pude sentir la dureza de su sexo. Ahora rozaba impúdicamente el mío, primero sobre la ropa, hasta que encontró la manera de introducir sus dedos en mí. Un grito ahogado se fundió en mi garganta y me estremecí nuevamente.
En ese momento reaccioné y me di cuenta de mi situación en el subte y rodeada de gente, teniendo un orgasmo entre los dedos de Marcos, que ahora desaparecía nuevamente entre la muchedumbre y me dejaba tristemente excitada y humillada.
Miré al hombre del sobretodo, esquivando gente y trepando las escaleras con salida a la calle corrientes; me miré a mi misma, plantada entre gente extraña, soñando el abrazo de ese fantasma que escapaba siempre y que se había convertido en mi sombra en lugar de mi hombre.


Decidí que el incidente no cambiaría la rutina programada. Cada día me costaba más salir y enfrentarme con ese mundo que ya no conocía.
La agencia estaba cerca. Esta vez estaba segura que lo conseguiría, que de una vez por todas vencería los miedos, un pasado de muerte, un presente asediado por la perversidad de Marcos…
Cuando salí del local con el pasaje en la mano y esa extraña sensación de que por fin comenzaría a liberarme de todo lo que me oprimía. Me quedé esperando que cambie el semáforo para cruzar Callao y doblar por Sarmiento. Miraba algunas palomas intentando elevarse por entre los autos, y a una de ellas en particular, defecando en el parabrisas de un conductor que la insultaba y agitaba la mano, mientras provocaba la risa de unos escolares con uniforme del colegio Marianista, que reían a carcajadas y hacían gestos impúdicos al conductor, que ahora los insultaba a ellos, y amenazaba con salir del auto y golpearlos.
Pensé en la locura de la gente. Todo, en el lapso de unos minutos. El semáforo había cambiado dos veces mientras me quedé estática observando la escena. Fue cuando finalmente apareció. Me dijo al oído:

_ Sé cuanto gozaste mujer, si, entre mis dedos…tengo tu perfume impregnado en la piel…

Me di vuelta violentamente y lo miré directamente a sus ojos verdes, del mismo color de las algas, que tanto me impactaban por su intensidad salvaje, casi animal. No me dejó hablar. Me abrazó, no de la manera que hubiese esperado, protectora y cálida; sino desesperado, como tratando de retenerme. Luego me besó de esa misma forma.

Simplemente no podía desprenderme de él. No podía. Sus brazos eran tentáculos que me succionaban y me dejaban sin voluntad. Otra vez sentí su erección apretada a mi pierna, y el fuego quemándome por dentro y por fuera. Pero a la vez, esa conexión perversa, ese vínculo insano que nos atraía como animales durante el celo, era lo que finalmente nos alejaba.
Esta vez fui yo la que escapó. Me arranqué sus tentáculos y crucé la calle
así como estaba, imprudente, sin mirar el semáforo, que por suerte estaba a mi favor.
Una sonrisa amaneció en mi cara. Estaba segura que había ganado, al menos, una pequeña batalla.

jueves, 14 de febrero de 2008

La última campana



Tus palabras hacen sombra, Holocaustos
Orgía de monstruos, abismos…
La humanidad es un fantasma
que se quiere alimentar de vos.
C. L.

La campana sonando, anunciando un nacimiento. El sacerdote en un ondular de brazos y túnica amortajada. Casi feliz. Estúpidamente feliz dentro de su risa ignorante.
Gran cosa, pensé exhausta; otro condenado más al mundo. A éste mundo de mierda corrompido.
Recuerdo el día que sonó por mí. Tenía tanto miedo y dolor. Una, dos, tres, decía el animal que me tocaba con las manos sucias y gritaba obscenidades mientras que las contracciones laceraban mi carne y la sangre se escurría salvaje entre mis muslos… ¡Te gustó coger! Empujá condenada…y yo lloraba…una, dos, tres…Pensaba en su pelo largo y fino, en sus manos grandes que me apretaban con pasión.
La vida se había convertido en algo extraño. Sobrevivir, resistir con la esperanza de poder ver nuevamente la luz, acompañar al amor, luchar, tratar de alcanzar los objetivos; la profesión, la familia, la casita soñada, los hijos…
¡Empujá puta de mierda! que vas a matar al pendejo…
Una, dos, tres, y la carne se desgarraba como una tela vieja. ¿Cómo es posible que el cuerpo resista tanto?
El alma empieza a rajarse también, pero es necesario espantar la muerte, alejar cualquier pensamiento destructivo, total, para eso estaban ellos; los sedientos de sangre, los estériles que se quedan con el cuerpo y los hijos ajenos…por eso no pueden engendrar vida, sólo muerte y desolación.
Una, dos, tres, y la vida surgiendo entre llantos. Una niña…una niña pequeña y rubia como Ignacio. ¡OH Dios!¡ No me roben este instante! Les supliqué, se lo pedí a Dios con tantas ganas, pero él nos abandonó hace tiempo…el mundo nos abandonó, y el diablo está presente con su uniforme.

—Dios mío, ¿Por qué creaste éstos monstruos?...no permitas que la campana vuelva a sonar…

Esa fue mi oración diaria durante estos dos años de cautiverio. Esos setecientos dieciocho días con sus noches, en los que fui violada física y mentalmente por las bestias. Setecientos dieciocho días preguntándome el porque de tanto odio y humillación.

Pero ésta historia no terminó allí. Empezó otra peor; cuando con el correr de los meses mi vientre empezó a crecer, alimentado de la carroña, del semen maldito…
Uno, dos, tres… ¿Con cual de las caras inmundas nacerá el hijo de la bestia? ¿Tendrá la cara oscura y la nariz ancha de ese? ¿Será grandote y con el ceño fruncido como aquel otro? o tal vez pequeño y oscuro, como el que observa, calla y desgarra.
Esa vez se aseguraron que no me faltara nada. Llevaba el diablo en mi cuerpo, y las bestias lo cuidaban. Igual escuché las campanas por última vez, porque después que nació el hijo de la bestia, me quedé sorda, ciega y muda.
Sólo veo a Ignacio y a mi niña en sueños.
De vez en cuando me ponen contra una pared y apuntan. Ya no me importa. Estoy esperando que la bala salga esta vez.

viernes, 18 de enero de 2008

No matarás...


La Providencia es causa de que, algunas veces,
el mismo hombre reaparezca en siglos diferentes.
BALZAC, Cartas.


No matarás…

Todos los días repetía la misma rutina. Se levantaba al amanecer, se lavaba con pulcritud excesiva el cuerpo, los dientes. Se tomaba el tiempo suficiente para que la ropa quedara perfecta, sin la mínima arruga; las botas lustradas, de manera que podía verse en el reflejo de ese brillo. Las uñas recortadas y prolijas. La pose altiva y la mirada fuerte, penetrante.
Lo habían entrenado para convertirlo en eso que era, alguien en quién él no se detenía mucho a pensar. Un autómata frío y despiadado. Pero algo había cambiado, y eso lo desestabilizaba.
A las siete en punto lo pasaban a buscar. Entraba a la sala vetusta y sombría, con un nudo en el estómago, y la sensación de una mano gigante que le aplastaba el pecho hasta dejarlo sin aire. Muchas de esas veces tuvo que boquear como un pez fuera del agua, tratando de disimular frente a los demás para que no percibieran su flaqueza. Antes morir, pensó. El fracaso era para los débiles, y ese lujo no se lo podía permitir.
Esa extraña opresión se iba agudizando con el correr de los días, hasta hacerle perder de a poco el deseo. Ese deseo animal que lo mantenía entero frente a su presa; frío, sin que nada lo conmoviera. Ese era su oficio.

Se dirigió hasta el cubil dónde estaba. Ella también sintió su presencia y sonrió de esa rara manera que no se podía definir, mezcla de alegría y tristeza, de dolor y gozo, de amor y odio.
Él vio su ropa sucia y desgarrada. La palidez de la piel. Sus pies descalzos, sin yemas. Sintió una punzada en el pecho, un abismo en el cual deseó caer. Para no hacer lo que debía hacer.
Se acercó despacio. Ella olfateó su olor a loción para después de afeitar y se estremeció. Él le tomó las manos y sus piernas flaquearon. Una tímida sonrisa le dibujó la cara redonda de luna llena. La besó con suavidad en los labios y acarició su pelo. Apretó fuertemente los dientes, hasta sentir dolor. Gatilló.
Ella, lo último que sintió fue el frío del acero en la frente.
Él, que empezaba a vivir su propia muerte.

sábado, 29 de diciembre de 2007

El grito de Lucy


Capítulo de una novela en proceso.

Seguí a Marcos por las calles de San Telmo. Estaba con su eterno impermeable. No había nadie, solo se escuchaba el retumbar de sus pasos, y yo detrás tratando de ahogar los míos. Tomaba una calle y luego otra; cuando llegó a Estados Unidos, se paró frente a una vieja casa destartalada, que en lugar de puerta, tenía unas chapas oxidadas sujetas con alambre. Las corrió y entró. Yo me acerqué despacio y asomé por la abertura. No era una simple casa. En algún tiempo había gozado de esplendor. Todavía conservaba un hermoso mural, el mármol del piso y hasta el revestimiento del hall de entrada. Solo le faltaban las puertas y ventanas.
Por un momento me olvidé de Marcos, y recorrí sus hermosos cuartos, y hasta imaginé como sería vivir en un lugar tan agradable. Las cúpulas de cada habitación estaban adornadas con molduras que representaban escenas en templos griegos, y las mismas se repetían en cada ángulo inferior a menor escala. Cada cuarto tenía una escena distinta. El baño era increíble, con una enorme bañera en el centro, grifería de bronce, pisos dignos de un palacio. Pero lo que más me impactó, fue el vitreaux redondo en lugar de una ventana, con unos ángeles multicolores que se proyectaban en la pared cuando el sol, estratégicamente, se ponía en esa dirección. El efecto era similar al de un calidoscopio.
Cuando salí del baño, me encontré con Marcos. Me hizo salir inmediatamente de ese ensueño.

_ ¿Por qué me seguís? –Lo dijo tomándome fuerte del brazo-

No me gustó su actitud. Me pareció agresiva. O quizás eran sus ojos inyectados los que le daban ese aspecto. De todos modos, como dándose cuenta de su accionar desubicado, me soltó, y se alejó unos pasos.

_ ¿Por qué tanto misterio? –Se lo pregunté con calma-
_ Lucy, no me respondas con otra pregunta…vos sos la misteriosa
_ ¿De qué misterio me hablás? Justo vos, que te la pasas como un fantasma divagando por las calles…estoy harta Marcos, siempre te encuentro en lugares impensados, y de pura casualidad
_ Nada es casual Lucy… Creí que entendías

Me quedé mirando sus ojos, y pensé, quisiera dibujarlos, llegar a su misterio. Traspasar ese muro interior que no me permite llegar a él.
Se arrimó y me tomó las manos. Las sentí frías, ausentes, si es posible que las manos puedan expresar tales sensaciones. Me dejé llevar.
Pasamos por un pequeño salón, que repetía las escenas de templos griegos, muy parecidas a la de los cuartos. Allí si había una puerta, de esas que llegaban casi hasta el cielo raso, de roble barnizado. Estaba intacta, como también lo estaban las paredes casi impecables de toda la casa.
Pasamos la puerta, la única que quedaba. También era un cuarto y estaba amueblado con una cama y una mesita antigua con tapa de mármol. En el rincón había un perchero vienés y en el colgaba el impermeable de Marcos. Un solo cuadro adornaba la pared de la cabecera, una reproducción de “El grito” de Munch, que en ese contexto me pareció más escalofriante aún.
Me miró de esa manera penetrante que desnuda. Acarició mis brazos que colgaban exhaustos y mi piel se erizó. Sentí como sus manos temblaban imperceptiblemente. Me abrazó, me devoró en ese abrazo, casi desesperado. Luego comenzó a desvestirme. No me inmuté, lo dejé. En el fondo pensaba que era lo único que podía hacer, desvestirme, mirarme, fagocitarme con sus ojos verdes oblicuos del color de las algas.
Mientras que observaba mi desnudez, se desvistió; toqué su piel aterciopelada, ese santuario de músculos en perfecta armonía y me perdí en él. Cuando estaba por llegar al éxtasis total, miro el cuadro de Munch. No sé porque lo hice. Y compruebo horrorizada que en su lugar estaba la foto del generalísimo. Sentí que mi cara se desfiguraba, convirtiéndose en la misma de “El grito”, en una máscara patética; y también descubrí, que el cuarto estaba tapizado con fotos del general y sus mujeres. Me quedé gritando, desnuda, en el medio de ese horror, mientras que Marcos me miraba y se sonreía irónicamente.
En ese momento me desperté. Pero no termina acá la historia, pasó algo más. Por algún mecanismo de la mente que me es imposible entender, me volví a dormir casi de inmediato, y el sueño siguió en otra parte de la casa. Como si fuera otro capítulo de la historia.
Marcos me llevaba nuevamente de la mano, y en el sueño, si bien sabía que había vivido algo antes, no podía recordar nada sobre la escena de “El grito” y las fotos de Perón. Me llevó hacia un patio interno, bastante amplio, cuyas paredes estaban totalmente cubiertas por unas hermosas enredaderas llenas de flores de color rosa y blanco. Varios macetones desordenados con plantas exóticas y cáctus, y en el centro un juego de mesa y sillones de jardín, muy antiguos. El patio estaba en su esplendor lleno de colorido primaveral. Marcos me hizo un gesto con la mano invitándome a sentarme. Dude por un instante, pero terminé sentada, observándolo en silencio.
Hablaba y gesticulaba con exageración. No entendí muy bien lo que decía, todo se reducía a un montón de palabras. Algunas retumbaban en mi cabeza; Almagro, padres adoptivos, Resistencia, España, Montoneros, linyeras, gatos, gatos, gatos…
Me levanté asustada y salí casi corriendo. Lo único que quería era alejarme de Marcos, perderlo para siempre. Pero algo extraño había pasado. Me encontré en la salita que en la anterior etapa del sueño, tenía una sola puerta que correspondía a la habitación con el cuadro de Munch, y yo, giraba y comprobaba que ahora todos los cuartos tenían puerta. Entonces seguía girando sobre mis propios talones, tratando de descubrir cual de ellas me llevaría hacia la salida, la libertad.
Fue cuando apareció Marcos con algo en la mano. Dejé de girar y lo observé. Tenía algo ensangrentado, y estaba todo salpicado de un sin fin de minúsculas gotas de sangre oscura. Lo miré fijo tratando de descifrar que era esa masa sangrienta que tenía en la mano. Entonces el hizo un leve movimiento y la cola peluda apareció ante mis ojos. En ese mismo instante comprobé que era mi gata de la infancia, aquella que amé tanto y cuya muerte me marcó tan profundo, como la muerte de mi padre en manos asesinas. De mi garganta brotó un grito ahogado, y me encontré nuevamente en la habitación, desnuda, con las fotos del generalísimo, el cuadro de Munch y el perchero vienés donde ahora colgaba el impermeable ensangrentado de Marcos.

martes, 4 de diciembre de 2007

El depredador


“Algún día moriré abandonada, sepultada,
en el cruce siniestro de los tres caminos.
Allí donde moran las almas en pena
de los suicidas y de los asesinados”
C. B.


Estaba nerviosa. A pesar de que su profesión la ponía en situaciones difíciles de asimilar, siempre existía una colega dispuesta a escucharla para sobrellevar esos temas que cargaba como si fuera una montaña sobre los hombros. Pero esto era demasiado para cualquiera, hasta para ella que era bastante fuerte.
Desde hacía un tiempo uno de sus pacientes la estaba enloqueciendo. Se sentía amenazada todo el tiempo por su mirada y las indirectas que usaba estratégicamente.
Tenía que escuchar las confesiones del geronte capitán del ejército, participe de la destrucción de una generación de jóvenes que tuvieron la osadía de intentar cambiar el rumbo de este país. Y el tipo, muy campante en su postura de depredador y dueño de la verdad. Tenía ganas de escupirle en la cara que no era más que un asqueroso y facho asesino de niños; pero su postura profesional la obligaba a callar sus más íntimas opiniones y ser neutra en las respuestas.
Con total desparpajo relataba como sus subordinados se divertían con las consignas que les dejaba para obtener información de los secuestrados. Como la bestia les enseñaba a torturar.
Todavía no entendía el motivo de su visita, si no existía en él ni un mínimo de arrepentimiento.
Quizás el geronte necesitaba, en su decrepitud decadente, seguir infundiendo miedo en alguien. Intimidar, enfurecer, como el cazador a su presa.
Mientras él hablaba, ella buscaba la forma de equilibrar el odio que sentía por él y por todo lo que representaba. Hasta tenía el descaro de usar el uniforme y sus malditas insignias ganadas en la guerra vergonzosa.

—Sabía doctora que una buena tortura es aquella que permite que la víctima siga viva. Un buen torturador sabe llegar al límite sin pasarse.
—No quiero saber sobre sus métodos de tortura. —dijo fastidiada.
La bestia hizo un movimiento brusco, pero se volvió, la miró con sus pequeños ojos de cuervo, rodeados de miles de arrugas. El asesino viviría lastimando hasta su último minuto. El cuerpo viejo y torvo, pero la voluntad intacta.
—Todo torturador debe alimentarse del miedo de su víctima, saber mirar en sus ojos. —Dijo sin importarle nada —En ese momento se tiene la absoluta posesión.
El asco le inundó la garganta y todos los sentidos. Quería acallarlo, golpearlo. Se asustó de sus propios pensamientos.

—Son pocos los elegidos que entienden los mecanismos de un país civilizado…se habla de patria, nación, con la ideología de los idiotas, así no se construyen países de verdad doctora…usted debe ser una mujer inteligente, estudió la mente humana, eso la hace poderosa ante el común de las personas, ¿No lo cree así?
Trató de vencer las nauseas para poder contestarle.
—No, no lo creo así. Elegí esta carrera para ayudar a la gente, no para valerme de mis conocimientos y abusarme de eso…el cerebro es un órgano complejo, pero usted no vino acá para hablar de eso conmigo.
—No claro, en realidad mis hijos creen que desde que me jubilé del ejército necesito terapia para sobrellevar el vacío, que practicar tiro al pichón no me alcanza para sentirme pleno; matar palomitas es un juego de chicos…de alguna manera tienen razón. —lo dijo clavando sus ojitos en ella, hasta hacerla estremecer. —El tribunal jamás me asoció al proceso. Ellos tienen muchas falencias, ¿cómo pudieron no darse cuenta? Tal vez ninguno de los que pasaron por mi pudieron sobrevivir, eran flojos, pendejos flojos y bocones. La justicia de ustedes es muy limitada, esta llena de pequeños hombres que se creen grandes amparados bajo la mujer de la balanza…me hace mucha gracia, como sus jueces se hacen los grandes señores con su seriedad impostada, y luego se dejan coimear por los delincuentes, jajaja, ¡los representantes de la justicia! ¿No es gracioso doctora? ¿Usted cree en esa mujer ridícula y floja como todas las mujeres, que carga con una estúpida balanza? No es casual que la hayan elegido para representar tanta farsa y que además tenga los ojos vendados.
Tuvo que salir a las corridas para no vomitar sobre su uniforme de gala.
Volvió demacrada y descompuesta, pero él no pareció notar nada. Seguía enajenado en su discurso demencial.
—El ejército es disciplina, orden, algo que sus tribunales desconocen…les preocupa tanto la limpieza que hicimos; a veces es necesario sacar del medio a la manzana podrida, a la puta liberada que corrompe y que quiere llamarse libertad.
—Usted es un hijo de mil putas, ¡no quiero escucharlo más! —le gritó en la cara
El geronte se levanto de un salto y la miró con sus ojitos de cuervo, llenos de odio y altivez. Se levantó y se fue sin decir una palabra.

Apenas salió, puso traba en la puerta y redactó una carta: “Yo, Beatriz Acosta, psicóloga, especialista en trastornos de la personalidad
Quiero dejar constancia de una situación que a pesar de ser común en mi especialidad, me deja fuera de cualquier tipo de razonamiento. Uno de mis pacientes el Capitán de ejército Roberto Pérez Anselmo, que sufre de trastorno de personalidad, y se muestra agresivo y con un alto grado de egocentrismo, paciente evaluado para tratamiento con medicación y posible internación, ambas medidas no fueron aceptadas por los familiares del mismo, a pesar de ser alertados del peligro que representa este tipo de trastorno en él y miembros de la familia y allegados que tengan contacto directo. Debido la negativa del entorno, se optó por el tratamiento ambulatorio. El mismo resulta ineficaz, y dada la procacidad del paciente y su hostilidad hacía mi persona, me siento en peligro continuo de terminar siendo su próxima víctima. Parece irracional que una profesional haga este tipo de observaciones, por eso digo que esto escapa a cualquier razonamiento. Dejó constancia que si me encuentran muerta, sea cual fuese la aparente causa, se investigue al paciente nombrado.”

Algunos días después, Beatriz Acosta fue encontrada muerta en su consultorio. También hallaron la carta. Se le realizó una autopsia que reveló un alto grado de alcohol, anfetaminas, antidepresivos y otras sustancias asociadas con distintos tipos de venenos caseros que se utilizan para fumigar y que son de extrema peligrosidad. Ningún rastro de la presencia de otra persona. La puerta estaba cerraba por dentro. La causa fue caratulada como suicidio. El capitán Roberto Pérez Anselmo que nombra en la carta, a la fecha llevaba 25 años de fallecido. Los familiares de la suicida creen que el capitán nombrado, fue quien la torturo durante el tiempo que estuvo secuestrada en el pozo negro, y de quien nunca se pudo comprobar su participación en el proceso infame que vivió nuestro país.
IBSN: Internet Blog Serial Number 22-09-1964-10

Un diamante negro