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jueves, 5 de junio de 2008

Péndulo (otro capítulo de la novela)

Mi vida es pendular Marcos. Voy, pero siempre vuelvo. No puedo evitar la memoria. Soy como un libro viejo de historia, ajado de tanto ser leído. Así siento que esta mi mente. Ajada, curtida, de tanto volver de esa historia que no comprendo, que me resulta lejana, de otros. Que me remite a un pasado lleno de misterios, de muertes, de nombres que desconozco.
Después de esa tarde que pasamos juntos, me dormí feliz, sintiendo todavía el olor de tu piel al fundirse con la mía. Pero mis sueños no fueron felices, como deberían haber sido. Otra vez la aberración y el miedo invadiéndome.
Soñé que tres “A” me seguían. Si, tal cual. Tres letras “A” mayúsculas armadas con fusiles iguales a los que usan en el ejército. Tenían el tamaño de un hombre robusto, alto; las tres exactamente iguales.
Yo iba caminando por el barrio de flores; calle Avellaneda. Y si bien había un sin fin de comercios por la zona, las veredas estaban desiertas, lúgubres como un día de otoño, triste; el aire frío, a pesar de ser 25 de septiembre. Todo era raro. Incluso, después del estupor de los primeros minutos, pude comprobar la ausencia de vehículos
Yo me sentía totalmente desolada. Tomaba una calle y luego otra, con la idea de perder de vista a las letras, pero consciente de que todo era una locura y que solo podía ser una pesadilla en la que no había despertar.
Finalmente conseguí perderme, caminando en zig-zag y sin haber encontrado un solo ser humano. Estuve a los tumbos, cuando me di cuenta que caminaba en círculos.
Otra vez la calle avellaneda desierta; pero solo por un momento, porque de una vivienda cercana salió un hombre delgado de bigotito negro. Y por otro lado un grupo de hombres oscuros y armados dispararon una ráfaga interminable de balas sobre el cuerpo esmirriado del hombre de bigote, que caía destrozado.
Cada bala era una explosión dentro de mi cabeza, como un desgarro inexplicable en el sueño. Un grito doloroso se quedó atravesado en mi garganta hasta que mi respiración se hizo pesada y me desperté agitada, con un fuerte dolor en el pecho producto de la angustia…
Como una autómata, sin voluntad, repetí entre dientes: “veintitrés agujeritos, como la galletitas”

No entiendo Marcos. Ni el sueño, ni lo que dije al despertar. No sé quien soy, ni quién fue el autor de mis días; si un sacerdote, un comunista, un montonero, un asesino o todo eso junto.


Obra: "voces del mundo" de anabell Guerrero

viernes, 9 de mayo de 2008

Seddon...(otro capítulo)


Seddon…
Hace días que la búsqueda se volvió obsesiva. Después de ese extraño encuentro en “La Paz” las cosas volvieron a cambiar, quizás de manera imperceptible para cualquiera; pero no para mí, que me hallaba conectada a vos más allá de Internet.
Primero la incipiente metamorfosis, luego esa huida inexplicable.
Una de esas tantas noches en que recorría los bares del bajo, chocándome con borrachos y drogadictos, esquivando sus manos sucias y vomitadas, tapándome los oídos para no escuchar sus insultos aberrantes; me pareció verte fugazmente, no a vos; era ese sobretodo anticuado y arrugado que siempre usas y que te da ese aspecto teatral de personaje absurdo de miniserie de terror.
Seguí al sobretodo por esas calles mal iluminadas. Todo fue inútil, simplemente desapareció. Entonces volví sobre mis pasos y caminé unas cuadras por esas calles dónde ni el diablo se animaría a andar.
Que curioso es todo, porque no te seguía a vos. El sobretodo había tomado vida, se te había hecho carne.
Yo seguía un sobretodo raído y manchado que vagaba por las calles mal iluminadas de San Telmo, y que se perdía en un patio de conventillo abandonado. Vos estabas. Sentí inmediatamente tu presencia, como si te respirara en ese aire espeso y contaminado. No sé si la escuché o la imaginé; tu risa ahogada y burlona. Estabas, fue durante unos segundos que vi el brillo de tus dientes increíblemente blancos reluciendo en la oscuridad del pasillo. Hasta escuché retumbar en mi cabeza: “joer preciosidad, siempre tan hermosa” “Mi paloma triste…que triste estás”
Ahora sonaba bien porteño. Esa ambigüedad en la forma de hablar es otro de los misterios que te rodean Marcos, mi adorado Marcos, sos una sombra que se atraviesa en mi vida, que me cubre y se aleja; que me huele y me roza, como un gato en la oscuridad.

De todas maneras escapé. Quizás es lo mejor que se hacer.
Desde que el temblor no me permite dibujar, solo me dedico a estudiarte, y analizar esas pequeñas obsesiones que se asocian al deseo de tenerte como cualquier mujer a su hombre, como una hembra al macho.

Volví hacia “El Seddon” atraída por la melodiosa voz de una cantante de jazz, pedí una bebida fuerte y me quedé ahí.
Otra vez era una paloma triste desolada, escuchando llorar las notas de una canción imposible, haciéndome siempre las mismas preguntas absurdas; sin poder vencer esa languidez mental que no me dejaba pensar objetivamente, bebiendo un trago tras otro, enajenada: When I look in your eyes,… tus ojos, decía la voz llorona de la cantante ¿qué veo en ellos? me pregunto. Y entonces me pareció verte en las caras de otra gente. Un mosaico de caras, tu cara Marcos, tus ojos verdes inyectados de sangre, de noches interminables de insomnio y locura. Tus ojos apasionados penetrando mi piel, estremeciéndome; mientras me observabas desde un rincón y tu lengua lamía una y otra vez tu boca seca, sedienta, con esa expresión de deseo. Como si yo fuera algo imposible de alcanzar. Alguien a quien no se puede tocar.
Se que quise abarcarte con mis brazos, pero terminé en una salita de primeros auxilios con la nariz fracturada. Lo único que recuerdo fue el llanto. No podía parar Marcos, es como si nunca hubiese llorado. Fue tal el llanto, que la enfermera se me acercó para consolarme, y me dijo “no te preocupes, Marcos estuvo todo el tiempo que duró tu desmayo” y agregó “le prometí no hablar, pero no puedo cumplir”
Cuando reaccioné y dejé de tragar mis lágrimas, quise preguntarle, pero ya no estaba en el lugar.
Imagen, Bar Seddon en San Telmo.

miércoles, 26 de marzo de 2008

Tentáculos en el subterráneo…(otro capítulo)



Fui directo al subterráneo, evitando otros medios que me mantuvieran más tiempo alejada del monitor de la computadora.
Siempre me dio algo de miedo viajar bajo tierra, sabiendo que millones de vehículos circulaban por sobre mi cabeza, y que podrían, tal vez, desplomarse encima.
Estaba perdida en pensamientos fóbicos, típicos de una personalidad trastornada como la mía, cuando escuché sus pasos detrás de mí, pero no volteé a espiar. Sabía que era él.
Casi podía sentir su respiración, igual que en otras oportunidades sin equivocarme; presintiendo su proximidad, su aliento cerca de mi cuello. Quemándome con su fuego.
Seguí a paso regular. Me metí entre la maraña compacta de gente con la idea de perderlo.
La misma caterva inhumana me llevó hacia el interior del subte. Quedé allí, inmóvil, tratando de soportar los primeros minutos hasta la próxima estación.
La gente se fue acomodando un poco y quedamos menos apretados. Conseguí poner mi brazo libre al costado del cuerpo y relajar las piernas, cuando una mano me rozó la cintura. Entonces mi cuerpo se estremeció y confirmé que era él; Marcos, respirándome en la nuca, rozándome.
Quede paralizada; por un lado quería escapar, alejarme y no pensar. Pero mis pies no respondían. Me tenían sujeta en ese espacio mínimo y con Marcos detrás; provocando el hormigueo que comenzaba a recorrerme como un veneno cada centímetro del cuerpo. Podía sentir las vibraciones de su piel, su calor, su leve agitación.
Casi no respiraba de tanto desearlo; y como si él pudiera leer mi mente, mis más íntimos pensamientos; acarició suavemente mi cintura y de a poco fue bajando la mano hacia mis nalgas apretadas, que se fueron relajando, mientras mi piel se incendiaba bajo el contacto de esos dedos que me recorrían indiscretos. Se apretó más a mi espalda y pude sentir la dureza de su sexo. Ahora rozaba impúdicamente el mío, primero sobre la ropa, hasta que encontró la manera de introducir sus dedos en mí. Un grito ahogado se fundió en mi garganta y me estremecí nuevamente.
En ese momento reaccioné y me di cuenta de mi situación en el subte y rodeada de gente, teniendo un orgasmo entre los dedos de Marcos, que ahora desaparecía nuevamente entre la muchedumbre y me dejaba tristemente excitada y humillada.
Miré al hombre del sobretodo, esquivando gente y trepando las escaleras con salida a la calle corrientes; me miré a mi misma, plantada entre gente extraña, soñando el abrazo de ese fantasma que escapaba siempre y que se había convertido en mi sombra en lugar de mi hombre.


Decidí que el incidente no cambiaría la rutina programada. Cada día me costaba más salir y enfrentarme con ese mundo que ya no conocía.
La agencia estaba cerca. Esta vez estaba segura que lo conseguiría, que de una vez por todas vencería los miedos, un pasado de muerte, un presente asediado por la perversidad de Marcos…
Cuando salí del local con el pasaje en la mano y esa extraña sensación de que por fin comenzaría a liberarme de todo lo que me oprimía. Me quedé esperando que cambie el semáforo para cruzar Callao y doblar por Sarmiento. Miraba algunas palomas intentando elevarse por entre los autos, y a una de ellas en particular, defecando en el parabrisas de un conductor que la insultaba y agitaba la mano, mientras provocaba la risa de unos escolares con uniforme del colegio Marianista, que reían a carcajadas y hacían gestos impúdicos al conductor, que ahora los insultaba a ellos, y amenazaba con salir del auto y golpearlos.
Pensé en la locura de la gente. Todo, en el lapso de unos minutos. El semáforo había cambiado dos veces mientras me quedé estática observando la escena. Fue cuando finalmente apareció. Me dijo al oído:

_ Sé cuanto gozaste mujer, si, entre mis dedos…tengo tu perfume impregnado en la piel…

Me di vuelta violentamente y lo miré directamente a sus ojos verdes, del mismo color de las algas, que tanto me impactaban por su intensidad salvaje, casi animal. No me dejó hablar. Me abrazó, no de la manera que hubiese esperado, protectora y cálida; sino desesperado, como tratando de retenerme. Luego me besó de esa misma forma.

Simplemente no podía desprenderme de él. No podía. Sus brazos eran tentáculos que me succionaban y me dejaban sin voluntad. Otra vez sentí su erección apretada a mi pierna, y el fuego quemándome por dentro y por fuera. Pero a la vez, esa conexión perversa, ese vínculo insano que nos atraía como animales durante el celo, era lo que finalmente nos alejaba.
Esta vez fui yo la que escapó. Me arranqué sus tentáculos y crucé la calle
así como estaba, imprudente, sin mirar el semáforo, que por suerte estaba a mi favor.
Una sonrisa amaneció en mi cara. Estaba segura que había ganado, al menos, una pequeña batalla.

sábado, 29 de diciembre de 2007

El grito de Lucy


Capítulo de una novela en proceso.

Seguí a Marcos por las calles de San Telmo. Estaba con su eterno impermeable. No había nadie, solo se escuchaba el retumbar de sus pasos, y yo detrás tratando de ahogar los míos. Tomaba una calle y luego otra; cuando llegó a Estados Unidos, se paró frente a una vieja casa destartalada, que en lugar de puerta, tenía unas chapas oxidadas sujetas con alambre. Las corrió y entró. Yo me acerqué despacio y asomé por la abertura. No era una simple casa. En algún tiempo había gozado de esplendor. Todavía conservaba un hermoso mural, el mármol del piso y hasta el revestimiento del hall de entrada. Solo le faltaban las puertas y ventanas.
Por un momento me olvidé de Marcos, y recorrí sus hermosos cuartos, y hasta imaginé como sería vivir en un lugar tan agradable. Las cúpulas de cada habitación estaban adornadas con molduras que representaban escenas en templos griegos, y las mismas se repetían en cada ángulo inferior a menor escala. Cada cuarto tenía una escena distinta. El baño era increíble, con una enorme bañera en el centro, grifería de bronce, pisos dignos de un palacio. Pero lo que más me impactó, fue el vitreaux redondo en lugar de una ventana, con unos ángeles multicolores que se proyectaban en la pared cuando el sol, estratégicamente, se ponía en esa dirección. El efecto era similar al de un calidoscopio.
Cuando salí del baño, me encontré con Marcos. Me hizo salir inmediatamente de ese ensueño.

_ ¿Por qué me seguís? –Lo dijo tomándome fuerte del brazo-

No me gustó su actitud. Me pareció agresiva. O quizás eran sus ojos inyectados los que le daban ese aspecto. De todos modos, como dándose cuenta de su accionar desubicado, me soltó, y se alejó unos pasos.

_ ¿Por qué tanto misterio? –Se lo pregunté con calma-
_ Lucy, no me respondas con otra pregunta…vos sos la misteriosa
_ ¿De qué misterio me hablás? Justo vos, que te la pasas como un fantasma divagando por las calles…estoy harta Marcos, siempre te encuentro en lugares impensados, y de pura casualidad
_ Nada es casual Lucy… Creí que entendías

Me quedé mirando sus ojos, y pensé, quisiera dibujarlos, llegar a su misterio. Traspasar ese muro interior que no me permite llegar a él.
Se arrimó y me tomó las manos. Las sentí frías, ausentes, si es posible que las manos puedan expresar tales sensaciones. Me dejé llevar.
Pasamos por un pequeño salón, que repetía las escenas de templos griegos, muy parecidas a la de los cuartos. Allí si había una puerta, de esas que llegaban casi hasta el cielo raso, de roble barnizado. Estaba intacta, como también lo estaban las paredes casi impecables de toda la casa.
Pasamos la puerta, la única que quedaba. También era un cuarto y estaba amueblado con una cama y una mesita antigua con tapa de mármol. En el rincón había un perchero vienés y en el colgaba el impermeable de Marcos. Un solo cuadro adornaba la pared de la cabecera, una reproducción de “El grito” de Munch, que en ese contexto me pareció más escalofriante aún.
Me miró de esa manera penetrante que desnuda. Acarició mis brazos que colgaban exhaustos y mi piel se erizó. Sentí como sus manos temblaban imperceptiblemente. Me abrazó, me devoró en ese abrazo, casi desesperado. Luego comenzó a desvestirme. No me inmuté, lo dejé. En el fondo pensaba que era lo único que podía hacer, desvestirme, mirarme, fagocitarme con sus ojos verdes oblicuos del color de las algas.
Mientras que observaba mi desnudez, se desvistió; toqué su piel aterciopelada, ese santuario de músculos en perfecta armonía y me perdí en él. Cuando estaba por llegar al éxtasis total, miro el cuadro de Munch. No sé porque lo hice. Y compruebo horrorizada que en su lugar estaba la foto del generalísimo. Sentí que mi cara se desfiguraba, convirtiéndose en la misma de “El grito”, en una máscara patética; y también descubrí, que el cuarto estaba tapizado con fotos del general y sus mujeres. Me quedé gritando, desnuda, en el medio de ese horror, mientras que Marcos me miraba y se sonreía irónicamente.
En ese momento me desperté. Pero no termina acá la historia, pasó algo más. Por algún mecanismo de la mente que me es imposible entender, me volví a dormir casi de inmediato, y el sueño siguió en otra parte de la casa. Como si fuera otro capítulo de la historia.
Marcos me llevaba nuevamente de la mano, y en el sueño, si bien sabía que había vivido algo antes, no podía recordar nada sobre la escena de “El grito” y las fotos de Perón. Me llevó hacia un patio interno, bastante amplio, cuyas paredes estaban totalmente cubiertas por unas hermosas enredaderas llenas de flores de color rosa y blanco. Varios macetones desordenados con plantas exóticas y cáctus, y en el centro un juego de mesa y sillones de jardín, muy antiguos. El patio estaba en su esplendor lleno de colorido primaveral. Marcos me hizo un gesto con la mano invitándome a sentarme. Dude por un instante, pero terminé sentada, observándolo en silencio.
Hablaba y gesticulaba con exageración. No entendí muy bien lo que decía, todo se reducía a un montón de palabras. Algunas retumbaban en mi cabeza; Almagro, padres adoptivos, Resistencia, España, Montoneros, linyeras, gatos, gatos, gatos…
Me levanté asustada y salí casi corriendo. Lo único que quería era alejarme de Marcos, perderlo para siempre. Pero algo extraño había pasado. Me encontré en la salita que en la anterior etapa del sueño, tenía una sola puerta que correspondía a la habitación con el cuadro de Munch, y yo, giraba y comprobaba que ahora todos los cuartos tenían puerta. Entonces seguía girando sobre mis propios talones, tratando de descubrir cual de ellas me llevaría hacia la salida, la libertad.
Fue cuando apareció Marcos con algo en la mano. Dejé de girar y lo observé. Tenía algo ensangrentado, y estaba todo salpicado de un sin fin de minúsculas gotas de sangre oscura. Lo miré fijo tratando de descifrar que era esa masa sangrienta que tenía en la mano. Entonces el hizo un leve movimiento y la cola peluda apareció ante mis ojos. En ese mismo instante comprobé que era mi gata de la infancia, aquella que amé tanto y cuya muerte me marcó tan profundo, como la muerte de mi padre en manos asesinas. De mi garganta brotó un grito ahogado, y me encontré nuevamente en la habitación, desnuda, con las fotos del generalísimo, el cuadro de Munch y el perchero vienés donde ahora colgaba el impermeable ensangrentado de Marcos.
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Un diamante negro