miércoles, 7 de noviembre de 2007

El olvido se hace eterno.


El olvido se hace eterno. El poeta loco se fue en su nave para no volver jamás…

Otra vez llueve. El cielo se tiñe de cromos intensos. El viento helado me penetra por los poros, por los ojos.
Me duele la piel, pero me quedo igual, estática, mientras la noche va cayendo suave, como un telón.
Los árboles son sombras que se agitan. Esqueletos que deja el otoño descarnados…
Yo también me siento una sombra, una nube oscura que pasa a punto de explotar, de derramar mares… Se que la tormenta pasará y algún día se aplacarán mis huracanes internos ¿Pero es necesario caminar la vida tan vacía? Tan a la deriva…
Bastaría con que regreses, que abras mis cajones, que me toques el pelo
y me abraces. O sólo digas: Estoy, no tengo preguntas, no tengo reclamos
Mi paisaje a tu lado cambia.
La noche se va cerrando. Los colores desaparecen. Sigo sola, a la espera de que algo ocurra. Nada ocurre…estas muerto.
El dolor sólo se compara con parir. Pero igual me dejas, en esta eternidad de nadas. Suspendida en el instante.

Obra: "Dolor"

viernes, 26 de octubre de 2007

La realidad y la utopía

Este relato pertenece a mi amigo español "Amado Storni", escritor, poeta, cantante y autor; por lo tanto un verdadero soñador.




SALIÓ corriendo la Utopía huyendo de la Realidad. Sus pasos parecían firmes y seguros pero su huída era una huída desesperada y sin control. A cada paso que daba la Utopía la Realidad daba dos más. En su afán de no ser alcanzada la Utopía buscó ayuda. Fue así como se encontró con un banquero, pero éste, preocupado por la bolsa y las divisas, interesado de interés y capital, ni siquiera la escuchó. En su atropellado caminar la Utopía se encontró con un clérigo que al principio puso interés en escucharla. Parecían hablar el mismo idioma aunque a veces no se entendían. Y es que la vida espiritual de la que hablaba el sacerdote no era la misma que la de la Utopía. Su vida era una vida que después de la vida se construía con los cimientos de una fe en la que ni el mismo clérigo creía. La Utopía siguió huyendo y fue entonces cuando se encontró con un político al que la Utopía reconoció enseguida. Ambos, en un tiempo pasado no muy lejano, habían caminado juntos y cogidos de la mano. Pero terminada la campaña electoral y cuando aquél consiguió el status que buscaba, la Utopía volvió a quedarse sola. Y el político, creíble y diplomático, le dio la espalda. La Utopía también se encontró con un hombre. Un hombre que fue adolescente. Un adolescente que fue niño. Y ese hombre al que la Utopía ilusionó de niño y también de adolescente, ni siquiera la saludó porque no la conocía. Al tiempo de ser alcanzada por la Realidad la Utopía se encontró con un poeta, atropellado de versos e indómito de sueños incurables. El poeta parecía distante, pero cuando la Utopía se detuvo a hablar con él éste la escuchó. Ambos se entendieron y se saludaron porque ambos se reconocían. Y vio la Utopía que con el poeta se sentía segura. Al oir llegar a la Realidad la Utopía se escondió. Se detuvo la Realidad ante el poeta y le preguntó si había visto pasar a la Utopía. Pero ni el poeta entendía a la Realidad ni la Realidad se entendía con el poeta porque a lo que la Realidad llamaba Utopía era la realidad del poeta. Y cansada de ese mal entendimiento la Realidad se tuvo que marchar. Fue entonces cuando la Utopía se metió en el cuerpo del poeta porque sintió que ese era su verdadero hogar. Es por eso que los poetas saben tanto de sueños y los sueños se llevan tan bien con los poetas.

jueves, 11 de octubre de 2007

Epitafio




“…pienso en tu cabello que estalla
en mi almohada, y estoy que no
puedo dar otra batalla…”
S. R.


Siempre me atrajeron los acantilados. Desde chico me gustaba arrimarme hasta el límite; jugar con el miedo.
Una mezcla ambigua de temor y curiosidad me llevaban una y mil veces hasta el borde del precipicio, mientras el cuerpo se agitaba y luchaba por permanecer en el lugar. Jugar con la idea de arrojarse y tal vez remontar un vuelo sin alas. Ilógico.
Ver el mar, sentir la brisa, el viento helado durante la madrugada. Las gaviotas picoteando. Volando, planeando, rozando apenas la arena húmeda.
Vivir en el límite de mis verdades me llevó hasta donde ahora estoy; por esa maldita costumbre de querer sentir la adrenalina de la rebeldía, como una forma de vida que no se puede sostener.
Hoy no estás. Ni siquiera sé por donde buscarte. Los caminos sinuosos nos marcaron distintos destinos. Las ideas utópicas nos devoraron el futuro, la longevidad, los proyectos.
Todavía no entiendo. No existe un manual que nos enseñe a vivir el dolor de la incertidumbre y que borre las ampollas de mis pies.
Hasta acá llegué, no se por donde seguir, me faltan fuerzas. El amarte y no tenerte me quita cualquier posibilidad de razonamiento, ni siquiera puedo retener el concepto primitivo de la supervivencia. El derecho de amar, de vivir, de luchar.
Voy de aquí para allá. Olfateando el aire, buscando tu esencia, devorando las calles a fuerza de desearte. Queriendo encontrar señales, presagios del futuro; algo que me indique por donde seguir. Ver tu rostro, sentir tus manos mientras me acaricia el viento, creer que sos vos desde algún lugar.
Hay una vida fuera de esta, que ya no retengo, como no puedo conseguir que la arena seca se quede en mis manos, cuando el viento me azota.
Puedo escuchar dentro de mi cabeza el grujir de sus botas, su repiqueteo acompasado. Como un látigo impiadoso. Esa madrugada. Por ese pasillo gris.
Testigos; el silencio, la incertidumbre, la cobardía, el miedo, la impunidad. Las cuatro paredes blancas de tu cuarto.
Imagino tu orgullo, elevándose como una bandera; parada, entera, enfrentando al demonio. Sabiendo que perderás todo, menos la dignidad que cultivaste en tantos años de lucha.
Por momentos me agita la pequeña esperanza de encontrarte, entonces trato y trato de retener esa ilusión para poder seguir, pero se desvanece; porque surge de mi necesidad, porque hasta un condenado a muerte puede pedir su última voluntad. Pero a mí me condenan otras cosas; tu ausencia, los hombres sin rostro.
Y no hay deseo poderoso, entrañable, que pueda devolverte.
Desde aquí se vuelve todo lejano. Una historia que les pertenece a otros.
El dolor es tan lacerante que se respira, se vuelve cotidiano, forma parte de esta nada que me envuelve. Es el momento en que se tiene la certeza de que ya no hay nada más. Nada por vivir. Nada por descubrir. El día zeta de nuestra existencia. El más oscuro y solitario.
Voy a volar. Y tal vez, sólo tal vez, te encuentre.

viernes, 14 de septiembre de 2007

Gracias Marcela por creer que lo merezco!!!




Premio entregado por Marcela de "Mujeres de 40" www.mujeresde40.blogspot.com

viernes, 7 de septiembre de 2007

La muerte es ciega.


“…No pongas el amor en mis manos como un pájaro muerto.”
J. S.



Allí, entre esas plantas que ahora cuelgan mustias, se desarrolló la tragedia. La vida y la muerte. El delgado límite que divide una de otra; un cordón, un rencor. Una puerta que se abre para tragarnos.
No estamos exentos de odio, ahora lo sé. Es como un monstruo agazapado que espera el momento justo para mostrar su poder.

Dijo que fue violada. Nadie creyó en sus palabras. Todos se preguntaban porqué se guardó el horror, como si fuera un secreto. Porque había hablado cuando ya cualquier cosa que dijera caería indudablemente en el vacío que deja la incredulidad.
No, no hay marcha atrás, no hay razones que avalen una reacción tan cruel, y que quepa en un cuerpo joven, pequeño y esmirriado, como el de esa niña devenida en mujer.
El tribunal implacable mira sin ver, acostumbrado al disimulo. El odio tiene varios atuendos, como caras tiene la mentira, y recorre los salones del viejo edificio. La mujer de la balanza mira con sus ojos tapados, pero se adivina su frialdad, la misma que apunta a ninguna parte. Allí la justicia es la reina, allí la muerte es ciega.
Quien es capaz de ver en sus ojos el miedo. Una vida apagada y otra que irremediablemente terminará de a poco, sin pausa… ¿Quién es el verdadero tribunal?
Romina, niña en su dolor, mujer para dar vida, despiadada para dar muerte; su mirada triste guarda mil secretos que cada quién intenta descifrar. Pero su misterio es un cofre sin llave aún.

Habló del vecino y de su amor…un pájaro muerto, dijo, pero nadie entendió. Su primera ilusión, agregó. Los tribunales no pesan los sentimientos, la mujer de la balanza hace equilibrio; tanto hiciste, tanto pagás.
Romina se convirtió en un montón de palabras sueltas, deshecha en lágrimas y estertores. Contó lo que sintió. Esa tarde, escondida entre las plantas de su jardín, el dolor lacerante en el Vientre, la sangre corriendo en torrentes por sus piernas, el miedo, y esa sensación terrible que es la soledad. Un lugar dónde no habita nadie.
Por un momento, o tal vez un siglo, pensó en todo lo que la rodeaba, en lo patética que era su vida.
Allí mismo, parada, con la sangre saliendo de entre sus piernas…no entendía, no lograba entender nada. Mientras tanto algo pugnaba por salir, y el dolor era casi insoportable. La carne se abría y un cuerpo pequeño se agitaba y caía hacía el pasto seco.
Tomó el bulto sangriento y así como estaba se metió en el baño precario ubicado fuera del rancho. Desesperada por alejarlo de su cuerpo, cortó el cordón con sus propios dientes y se quedó mirando aterrada aquello que minutos antes había salido de su cuerpo. Lo puso en una caja de zapatos y lo observó por un instante, hasta que todo se oscureció a su alrededor y las cosas comenzaron a tomar distancia, como si estuviera viendo una película. Fue cuando vio las tijeras, que se cruzaron como un rayo, como el destino. Las tomó y las clavó en el diminuto cuerpo, con los ojos cerrados, la clavó una y otra vez hasta convertirlo en una masa sanguinolenta. Ahí se dio cuenta que mientras mutilaba el cuerpo de su propio hijo, gritaba enloquecida. Alguien llegó, y le juró una y mil veces que vio la cara del violador, la cara del diablo.

martes, 24 de julio de 2007


Ángel urbano
“Bienaventurados los mansos porque
ellos poseerán la tierra…
Mt 5, 3-12



Sempiterno fumador de chalas caseras; producto del cultivo en macetas oxidadas y alimentadas sólo por la lluvia. Tenés tu propia plantación clandestina de fantasías, que alimentan cuerpo y alma, y te sacan de la más profunda soledad.
Orillero por elección. De orilla sin espuma de mar. De orilla sin el oleaje suave del río; en el que la luna, hecha como del reflejo del cristal, se proyecta, pretendiendo iluminarnos. Ni siquiera de riachuelo con desechos fabriles. Orillero de la acumulación de inundaciones en zona baja. Habitante de rancho de chapa y cartón. Esa es tu realidad y tu destino.
Tiraste un montón de semillas de marihuana, y se hizo el milagro…Como de oreganatto el campo.
Cuando las últimas luces del día se disipan, reemplazadas por las sombras de la noche, sacas el carro de maderas mal clavadas y salís para hacer el mango.
Reciclador urbano, todo te sirve, nada se pierde; mucho menos la ilusión de que la página gire y tu destino sea otro.
Atrás quedaron mujeres y un número incontable de hijos guachos, sin destino. Portadores de genes marginados.
La chala verde te mantiene abierta la puerta de la fantasía, y no te deja pensar en nada más; ni siquiera en el hambre que te acosa como puñales puntiagudos, convirtiéndose en feroces mastines, negros y monstruosos que atacan sin piedad. La cosa hervida de origen indescifrable, aplacará tu dolor.
No te alimentaste del rencor, aunque hubiese sido el camino más fácil. Todavía soñás con encontrar un arco iris entre la basura, y cambiar tu destino de reciclador.
Cuando el carro se llena, terminas la tarea, para de nuevo comprobar que tu espalda se curva peligrosamente. Sabés que sentirás dolor, calambres, pero nada que el cultivo de tus macetas no pueda aplacar.
Igual que cuando ves a esos niños repletos de ampollas, infecciones de la marginalidad, vientres hinchados; por un momento, solo por un momento, sentís el peso del tiempo implacable sobre tus hombros, pero luego entendés que no tiene sentido sufrir por aquello que no se puede cambiar. Sabiduría popular orillera, conformismo de la miseria, que más da.
Luego amanece, y es como un milagro. Atrás quedó todo aquello que no sirve.
Las últimas luces de mercurio son reemplazadas ahora por las del amanecer. La calle está desierta.

Cuando la Navidad está próxima, y te asalta la nostalgia, recordás a tu familia primaria, de quien heredaste la pobreza y la ignorancia. Un padre changuero, casi siempre borracho y agresivo. Una madre callada, que recibe golpes e insultos sin defenderse. Demasiado gastada a fuerza de parir sin ganas, sin amor, solo por los tristes presagios del destino. Destino que siempre está en manos de otros. Destino que no les pertenece, y la certeza absoluta de que lo malo, viene de los hilos de las marionetas que manejan todo.
-¡Si no te quiere tu madre! Te repetís, mientras te tomas unos mates lavados de tanto usar la misma yerba, y contemplás el agua estancada y putrefacta que refleja sólo el abandono.
Un Universo mezquino, cruel, producto de la desidia, te persigue desde siempre. Sin embargo hay algo que no te permite flaquear, que hace que cada día despiertes sin esa punzada en el pecho que produce la angustia. Y ese algo que te mantiene en pie, se renueva día a día porque te dice que las cosas van a cambiar, aunque te rodee la amargura en la cara de tanta gente. Aunque todo esté en contra. Aunque el agua penetre por los agujeros de tus zapatos y entre las chapas oxidadas. Aunque los que manejan las marionetas miren para otro lado. Aunque mueran tantos niños inocentes. Aunque tantos otros vivan de desechos…
Ángel urbano, la esperanza es tu amiga, te acompaña, te mima y te abriga cuando el frío te escarcha en tu rancho de cartón. Solo le pedís una cosa: que te siga acompañando en esa búsqueda eterna, que no te dé la espalda, que te mire con sus ojos verdes y que te mienta…que te mienta siempre.



Glosario
Chala, así se le dice a la hoja de marihuana vulgarmente.
Orillero, que vive en la orilla
Oreganatto, campo de orégano, palabra mezcla de italiano y español.
Mango del lunfardo, léxico porteño, significa dinero

lunes, 7 de mayo de 2007

Una noche con Oscar Wilde



“No voy a dejar de hablarle sólo porque no me esté escuchando. Me gusta escucharme a mí mismo. Es uno de mis mayores placeres.
A menudo mantengo largas conversaciones conmigo mismo, y soy tan inteligente que
a veces no entiendo ni una palabra de lo que digo”
O. W.


No sé bien cómo empezó la historia que les voy a contar; estoy tratando de ordenar los pensamientos y las raras sensaciones que me invaden, porque sé que no es un sueño.
Esa noche estaba leyendo, muy concentrado en la lectura, cuando escuché los ladridos. Me asomé por la ventana, pero lo único que vi fue la sombra de los árboles agitándose suavemente por el viento. Me llamó la atención que los perros cesaran de golpe, y que los tres observaran el mismo rincón, al mismo tiempo. No había nadie.
Intenté seguir con la lectura, pero fue imposible. Sentí que algo o alguien me observaba. Esa rara sensación de ojos en la nuca, y el frío subiendo por la columna. Me di vuelta y lo vi. Estaba tan sorprendido como yo.
Empezó a dar vueltas por la habitación; abrió la puerta que daba al comedor, entonces lo seguí. En ese momento reparé en sus ropas y su aspecto en general. Estaba disfrazado con unas graciosas calzas, una chaqueta muy adornada, una camisa con varias capas de puntillas en los puños y el cuello, y llevaba un raro abrigo de piel, a pesar del calor.
Haciendo movimientos exagerados con las manos y muy impostado, dijo
— ¿Qué pasa? ¿Dónde están todos?
Me pregunté como se había metido ese loco en la casa, estando todas las puertas y las ventanas cerradas y trabadas por dentro.
— ¿Quién es usted? En realidad, no esperaba respuesta para esa pregunta. Sólo intenté decir algo. Me encontraba atontado, sin capacidad para reaccionar ante el intruso.
Me miró irguiendo más la cabeza y el pecho.
—Sir Oscar Wilde…
Qué loco gracioso pensé, mientras trataba de no reírme en su cara. Me miraba muy serio con expresión afectada, como si se hubiese ofendido con la pregunta. Noté que se parecía demasiado a las fotos que vi del famoso escritor; ojos caídos, labios carnosos y sensualmente impertinentes, su hermoso pelo dividido al medio y sobre todo, una presencia imponente.
Él también comenzó a observarme de arriba abajo, moviendo la cabeza en actitud de negación.
— ¿Dónde está el tribunal?
— ¿Tribunal?
No entendía nada. De repente vi que se llevaba las manos crispadas a la cara mientras decía:
— ¡OH! Mí adorado Narciso…
Otra vez tuve que contener la risa. Sus movimientos teatrales me recordaban a las obras clásicas. Intenté aproximarme, pero retrocedió algo asustado, aunque pronto volvió a erguirse orgulloso.
— ¿Quién es usted? Preguntó con calma.
— Yo me hago la misma pregunta…no entiendo como entró a mi casa…
¿De qué tribunal me habla? agregué.
— Me están juzgando por sodomía… ¡ignorantes! No comprenden nada, les preocupa tanto una carta, un poema…
Sacó de un pequeño bolsillo una boquilla y noté que llevaba una flor de girasol ya marchito, colgando, y de la que parecía no querer separarse.
Él había cambiado de actitud. Estaba relajado, y eso también me calmó a mí. Me dejé llevar por las palabras de ese hombre misterioso que parecía haber viajado por el tiempo. Resplandecía tanto, que me encandiló con su sola presencia.
Me dijo casi en un susurro:
—Escucha usted con los ojos; he aquí por qué voy a contarle esta historia… Cuando murió Narciso, las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron del río gotas de agua para llorarle… ¡OH!, les respondió el río, aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: Yo le amaba… ¡OH!, ¿Cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso…luego se detuvo un instante, y agregó: si yo le amaba, respondió el río…es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas…Después con una extraña carcajada, añadió: Esta historia se llama “El discípulo”…
No pude articular palabra. La personalidad del loco me dejaba totalmente abstraído. Sólo atiné a mirarlo a los ojos, y creo que eso fue lo que le infundió confianza como para contar, sin tapujos.
—Su padre, el padre de Bosie*, agregó, me acusa por una carta, dice que es inmoral…pero es peor que eso, ¡Está mal escrita!... me miró y siguió con su monólogo… ¿sabe usted qué es lo que hace a la obra de arte y qué es lo que hace a la obra de la naturaleza? ¿Sabe usted en qué consiste la diferencia?
Por supuesto que jamás me dejó contestar ninguna de sus preguntas y siguió con su discurso incoherente…
—Porque, al fin y al cabo, la flor del narciso es tan bella como una obra de arte…y lo que las distingue no puede ser la belleza. ¿Sabe usted qué es lo que las distingue…? La obra de arte es siempre única, la naturaleza, que no hace nada perdurable, se repite siempre, a fin de que nada de lo que ella hace se pierda…Hay muchas flores de narciso, he ahí por qué sólo pueden vivir un día…
Seguí mirándolo, serio y contenido, nunca se sabe como puede reaccionar una persona demente. Entonces nuevamente habló; no fue en seguida, quizás pasaron horas, donde él quedó sumido en pensamientos. Tenía la vista fija en un punto y el ceño fruncido, como de preocupación, me dijo.
—No me gustan sus labios; son rectos, como los de alguien que jamás ha mentido. Quiero enseñarle a mentir, para que sus labios se vuelvan bellos y sinuosos como los de una máscara antigua…
Se arrimó demasiado, como para querer rozarlos. Corrí la cara molesto, y sentí otra vez el mismo frío gélido.
Estaban filtrándose las primeras luces del amanecer; cuando volví a girar la cabeza, ya no estaba. Se había ido junto con la noche. Miré enloquecido por todos los rincones y nada, hasta que vi el narciso, hermoso, reluciente… en el mismo lugar dónde había estado sentado.
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Un diamante negro