martes 8 de julio de 2008

La noche más negra (última parte)

Nos bajamos en una esquina. Anduvimos de acá para allá durante horas, hasta que mi madre se decidió a tocar el timbre de una casa.
Al principio nadie asomó. Igual nos quedamos estáticas, hasta que se abrió la puerta y desde la oscuridad de esa sala pude escuchar la voz de mi hermano.
- ¿Qué hacen acá? Estás loca mamá, sabés bien a que te estás exponiendo…
Mi madre empezó a llorar en silencio, como si acabara de comprobar el error de su actitud, sólo recién en el momento en que Víctor se lo señaló. Ella penetró un momento la sala oscura y lo abrazó fuerte, lo beso varias veces en la mejilla y solo dijo.
-Perdóname hijo…perdoname. Luego me tomó de los hombros y me alejó.
Me quedé con un gusto amargo en la boca, y la tristeza que venía sintiendo desde la ausencia de mi hermano, se fue acrecentando hasta hacerse casi intolerable. Me di vuelta y lo miré; solo vi su triste sonrisa desde la penumbra de la puerta entreabierta, y su mano elevándose mecánicamente en un saludo incomprensible.
Lloré en silencio, en una letanía absoluta entre voces lejanas, murmullos, bocinas de automóviles, flashes parpadeantes de semáforos que no veíamos. Mi madre y yo, caminando apretadas, sintiéndonos al borde de un abismo, solas, sin poder gritar al mundo nuestro dolor.
Pasaron muchos meses de ausencia, en los cuales habíamos aprendido a vivir una vida fingida, como que “Acá no pasó nada”. Todos actuábamos nuestro papel de la mejor manera posible.
Yo seguía escuchando el llanto de mi madre a cualquier hora del día, mientras simulaba que no me había dado cuenta, y ella fingía que tampoco se daba cuenta de mis largas desapariciones en las que me encerraba en el placard de mi cuarto. Mientras tanto mi padre, para poder soportar la incertidumbre, se refugiaba en el trabajo cada día más, y también se alejaba de nosotras. Creo que se sentía impotente frente a mamá, quizás por la obligación de ser el fuerte de la familia, y porque se sentía incapaz de devolverle el hijo y la tranquilidad.
Fueron días de zozobra. Suspendidos en la nada. Sólo marchábamos al compás de la espera. Y yo sin entender que era lo que realmente estábamos esperando, además de mi hermano, claro.
El clima seguía siendo denso. Y note que la gente había perdido la sonrisa. Ya no se reunían a altas horas de la noche para matear en la vereda con los vecinos de la cuadra, y escuchar la música de Piazzola y Goyeneche desde un destartalado Wincofón.
Todo había cambiado desde ese día que los uniformados hablaron por TV. Pero cada quien seguía su rutina.

Una noche de tantas, estrellada, hermosa y cercana a la primavera, levemente cálida y húmeda; escuché al perro del vecino ladrar con tanta insistencia que me asusté. No quise despertar a mis padres que ya bastante noches de insomnio tenían desde que mi hermano no estaba.
Así que decidí averiguar los motivos que tenía el perro para ladrar de esa manera. Espié por la ventana del comedor, que da a la calle y directo a la entrada, sin encender ninguna luz.
Primero vi una sombra proyectándose en el pasillo. Me estremecí. Se me cruzó que alguien venía a buscar a mi hermano. No sé porqué se me metió tal pensamiento, cuando en esos momentos nadie sabía lo que ocurría en el país; aunque soto voce se hablaba de gente que desaparecía.
Seguí observando esa sombra, hasta que dejó de serlo y una silueta oscura apareció ante mis ojos. Yo podía ver todo sin ser vista, amparada en el anonimato de las sombras. Entonces una idea se cruzó como un rayo. Salí decidida y sin hacer ruido hacía el cuarto trasero dónde mi padre guardaba sus herramientas. Sabía muy bien que el ocultaba el arma allí, entre sus pinzas y llaves inglesas. Lo había visto escondiendo algo, después de que Víctor se fuera; y más tarde pude comprobar de qué se trataba. Me apresuré a tomarla. Sabía como gatillarla, lo había visto en infinidad de películas. La dejé lista para disparar, después de comprobar que estaba cargada.
Desde el momento que la tenía gatillada, me dejó de temblar la mano. Estaba decidida a usarla para defender a mi familia de quien sea.
Me arrimé a la ventana. La silueta se había desplazado hasta el pasillo de costado que daba al garaje, igual, lo tenía en foco.
Estaba esperando el momento oportuno. Justo cuando lo tenía bastante cerca, corrí el dedo pulgar y me preparé para martillar. En ese mismo instante, el hombre se sacó el pasamontañas y se arrimó a la ventana dónde yo me encontraba, sin verme, y se ve que con la idea de espiar por ella. Solo recién, cuando lo tuve cerca, y a pesar de la barba espesa que le cubría gran parte de la cara, me di cuenta asustada, que se trataba de Víctor.
Rápidamente fui al cuartito de herramientas y guardé el arma, me acosté, y esperé escuchar la voz de mis padres para salir. No quería enturbiar la felicidad del momento, que me vieran con el arma en la mano, y que ellos supieran que pude ser la autora de un desastre; la asesina de mi hermano.
Nunca sabré hasta que punto hubiese llegado esa noche más negra. Tampoco lo quiero saber.


martes 1 de julio de 2008

La noche más negra (primera parte)


Decíme víctor, ¿por qué el sauce llorón se llama así?
Mi hermano me miró sonriendo de oreja a oreja y me pellizco las mejillas.
- Vos siempre haciendo preguntas rebuscadas- dijo riendo a carcajadas.
Me gustaba verlo reír. Su dentadura relucía dentro de su boca grandota. Había algo trágico en su mirada, que en ese momento no supe captar. Y ese algo lo ponía en un extraño trance que lo dejaba como suspendido en una letanía indescifrable para mí; de persona que estaba a miles de kilómetros, pero que a la vez intentaba conectarse con el mundo normal.
Víctor tenía tanta dulzura en su mirada que podía encandilar a cualquiera; su energía, su carácter decidido y esa manera terminante de resolver, lo convertían en líder, mecenas entre quienes lo conocían.
Ignoraba los motivos por los cuales se reunían tantos chicos adolescentes en casa, y tampoco sabía porqué me hacían salir con cualquier excusa de la sala o habitación.
Recuerdo bien un día en el que estaban todos agolpados frente al televisor, y una voz grave anunciaba cosas; tenía uniforme, pero nada de lo que decía era entendible para mí.
Tanto Víctor, como sus amigos, estaban preocupados, unos que otros lloraban y también eran consolados. A mi me obligaron a retirarme a mi habitación, pero estuve todo el tiempo tratando de escuchar sus conversaciones, que se redujeron a palabras sueltas que no entendía; cuadratura, ideología, intelectuales, dictadores, milicos…
- Algo va a ocurrir, dijo víctor en un susurro, y se hizo un extraño silencio en la sala. Se abrazaron en ese mutismo y lloraron sin disimulos.
En ese momento creí que se trataba de un “dejá vu” que eso ya lo había vivido, en otra vida o en ésta, no sé, pero la sensación era muy rara.
Me dejé arrastrar por ese mar furioso dónde nada era predecible, y esa escena de adolescentes llorando y abrazándose, me resultó conmovedora.
Los días siguientes eran más raros aún. De pronto dejé de ver a mi hermano y a sus amigos. Cuando le preguntaba a mis padres por él,
me respondían cualquier cosa con una sonrisa forzada y me abrazaban. Yo quedaba sumergida en una tristeza absoluta.
Durante semanas vi a mi madre llorar por los rincones, tratando de disimular su angustia; no quise hacer obvio que ya me había dado cuenta que algo grave estaba sucediendo, y que a pesar de mis doce años, había cosas imposibles de tapar. Mi hermano no estaba y era un hecho.

Habían pasado unos meses desde aquel día del anuncio por TV, y de la ausencia de Víctor. Noté a mi madre más rara que nunca. Me dijo ya sin lágrimas:
- Vamos Victoria, tenemos algo que hacer, el mundo no está hecho para los cobardes.
La verdad no entendía el alcance de sus palabras en ese momento.
Sé que me vistió de manera infantil, me hizo unas horribles colitas de nena, bastante estúpidas, teniendo en cuenta que ya medía un metro sesenta y cinco y lo que menos parecía era una nena, aunque a pesar de serlo, jamás me vestí como tal.
Tomamos el colectivo ciento ochenta y uno, en una calle oscura un día de semana. Bajamos en otra calle oscura de la capital, zona Devoto. Todavía era invierno y el frío no quería irse. Estábamos exageradamente abrigadas y con parte de la cara tapada con bufandas...

Obra:"Noche bruja" de Noemí Ruiz

Un diamante negro